Paleta de carne
Escribano
Al terminar de limpiar los trastes y la estufa, dije: “¿Por qué no el refrigerador? Chingue su madre”, me pareció sencillo de hacer, vivíamos tres hombres solteros, lo único que había dentro eran cervezas, un par de huevos rodando por ahí, una manzana arrugada y triste en el rincón, un combo casi vacío de comida china dentro aun en la bolsa de plástico. Encontré un tupper que reconocí como mío, seguramente tendría algún guisado de unos días antes, no lo recordaba muy bien; me apoyé en la esquina del zinc para abrir el contenedor… Nunca antes había sentido tanta presión desde dentro al abrir un trasto como ese.
Sorprendido y torpe, utilicé las dos manos para destapar aquel tupperware de máxima seguridad, pero seguía sin ceder, “No mames, cómo que no voy a poder con un condenado…”, no pude siquiera terminar mis últimas palabras, por lo menos, no en el plano mortal. Me explico enseguida.
El trasto explotó frente a mí. Muerte instantánea. El gas pútrido dentro había alcanzado niveles ridículos de toxicidad, inclusive si hubiese podido sobrevivir a la explosión, al percibir el olor a espagueti a la boloñesa hubiese terminado con mi triste, corta e incomprendida vida. Me quedé flotando por toda la casa, percibí todos aquellos rincones mentales y pensamientos olvidados, tal como virutas flotando; algunos lejanos, otros más recientes. Me tomé mi tiempo, quiero decir, ya estaba petateado, no es que tuviera mucho por hacer.
Dios se presentaría dentro de poco, lo sabía perfectamente. Decidí tener un debate de proporciones titánicas con él. Me dediqué a conocer todo de mi vida, así podría reclamar, quizá pedir hablar con su supervisor; humillarlo, regresar a la tierra mortal, el corazón tucun y tal, pagarme una noche en un congal, con champaña y drogas duras, luego convertirme en emperador máximo del planeta. No podría fallar con ningún detalle, no podría perderme un solo dato mortal, por más pequeño que fuere, ésta sería mi ventaja. Sentí tener la delantera, yo había experimentado una consciencia mortal y luego me volví un ser infinito, el solo era un montón de humo cósmico, el viejillo.
—He llegado contigo, como estuvo previsto y a la vez no, no-muerto —replicó Dios, habían pasado siglos mortales, segundos divinos—. ¡Habla y di tus conjeturas!
—… —Me quedé en silencio. Dios me vio con su centenar de ojos, esperando alguna respuesta, algún indicio de hostilidad.
—¿Procederé entonces a hacerte conmigo uno?, ¿Dejarás ya tus pensamientos mortales? —las montañas que extendió por brazos se posaron frente a mí.
—Bueno. Pues es que, la neta, la neta… te mamaste con mi muerte, la humillación me sigue atormentando…
—Haz muerto de inmediato, sin dolor, sin preocupación, nadie vio aquel incidente. No considero que…
—Wey —a este punto bien pudimos seguir la conversación en una cantina—, pero si hasta salí en el encabezado del periódico, culero. ¡Ve a mi familia! Esos ojetes se ríen cuando se acuerdan de mi a causa del incidente.
—Solo la pérdida de memoria y, por ende, mi asimilación de ti aliviará tu alma en pena, ¿Por qué habrías de elegir sino solo este camino para ser feliz?
—Ándale pues, ‘Don Vergas’. Haz lo que quieras, —me crucé de brazos, le torcí los ojos— como siempre…
—Me decepciona tu poco aprendizaje a lo largo de tu vida sobre mí y mis movimientos cósmicos.
—Actuar como niño jugando con sus legos se me hace una mamada cósmica; eso de ‘Los tiempos de Dios son perfectos’ hasta a ti te da pena escucharlo en sus supuestas oraciones…
—El rebaño solo debe permanecer fiel a su pastor —una tormenta detrás de Dios se dirigía directamente hacia mí—, el lobo jamás podrá entonces corromperlos.
—Viejo… oh gran viejo —le di unas palmadas en la espalda mientras me bebía una galaxia, con el codo para arriba, tal como una caguama—, en la tierra hay personas que piensan que los curitas para heridas son parte del ‘privilegio blanco’ por el tono del material, luego se reúsan a dárselas a niños de color porque piensan que están siendo racistas…
—¡Ay, ay… no mames! —la tormenta se detuvo a unos cuantos milímetros de mi ser— Puro pedo tuyo.
—Observa bien a tus hijos —lo dejé un momento para que divisara más de la cantina donde estábamos.
—Parecen normales, quizá ya no voltean mucho hacia su pasado…
—‘Mukbang’ —le dije con un gesto de desgaste, Dios de inmediato sacó su teléfono celestial, buscó en Godgle y luego se estremeció. Bloqueó de sus contactos al Papa y borró sin titubear la aplicación del mundo de las ideas.
—¡A la mierda, bórralo… haz algo! ¡Ese maldito animal aún se mueve! —cayó al suelo, perplejo y desahuciado.
Después de un par de palabras con Dios, los dos aceptamos nuestro camino. Nos abrazamos, luego nos vimos; incompletos como ordenados, yo blanco, el negro, empujar y jalar, dos peces Koi susurrándose.
—Me atrevo a afirmar que ya has aprendido la lección de esta vida. —Me dijo Dios— La idea absoluta, lo que fue tu camino animal y celestial.
—Claro que sí: Lo mundano está allí, latiendo, pero nuestra existencia también exige dejar que nuestro espíritu nos abrace y nos quite la vida. Lo tengo.
—No, careverga. —Replicó Dios, su voz era calmada— Recuerda siempre vaciar tus recipientes con comida cada semana.
Sorprendido y torpe, utilicé las dos manos para destapar aquel tupperware de máxima seguridad, pero seguía sin ceder, “No mames, cómo que no voy a poder con un condenado…”, no pude siquiera terminar mis últimas palabras, por lo menos, no en el plano mortal. Me explico enseguida.
El trasto explotó frente a mí. Muerte instantánea. El gas pútrido dentro había alcanzado niveles ridículos de toxicidad, inclusive si hubiese podido sobrevivir a la explosión, al percibir el olor a espagueti a la boloñesa hubiese terminado con mi triste, corta e incomprendida vida. Me quedé flotando por toda la casa, percibí todos aquellos rincones mentales y pensamientos olvidados, tal como virutas flotando; algunos lejanos, otros más recientes. Me tomé mi tiempo, quiero decir, ya estaba petateado, no es que tuviera mucho por hacer.
Dios se presentaría dentro de poco, lo sabía perfectamente. Decidí tener un debate de proporciones titánicas con él. Me dediqué a conocer todo de mi vida, así podría reclamar, quizá pedir hablar con su supervisor; humillarlo, regresar a la tierra mortal, el corazón tucun y tal, pagarme una noche en un congal, con champaña y drogas duras, luego convertirme en emperador máximo del planeta. No podría fallar con ningún detalle, no podría perderme un solo dato mortal, por más pequeño que fuere, ésta sería mi ventaja. Sentí tener la delantera, yo había experimentado una consciencia mortal y luego me volví un ser infinito, el solo era un montón de humo cósmico, el viejillo.
—He llegado contigo, como estuvo previsto y a la vez no, no-muerto —replicó Dios, habían pasado siglos mortales, segundos divinos—. ¡Habla y di tus conjeturas!
—… —Me quedé en silencio. Dios me vio con su centenar de ojos, esperando alguna respuesta, algún indicio de hostilidad.
—¿Procederé entonces a hacerte conmigo uno?, ¿Dejarás ya tus pensamientos mortales? —las montañas que extendió por brazos se posaron frente a mí.
—Bueno. Pues es que, la neta, la neta… te mamaste con mi muerte, la humillación me sigue atormentando…
—Haz muerto de inmediato, sin dolor, sin preocupación, nadie vio aquel incidente. No considero que…
—Wey —a este punto bien pudimos seguir la conversación en una cantina—, pero si hasta salí en el encabezado del periódico, culero. ¡Ve a mi familia! Esos ojetes se ríen cuando se acuerdan de mi a causa del incidente.
—Solo la pérdida de memoria y, por ende, mi asimilación de ti aliviará tu alma en pena, ¿Por qué habrías de elegir sino solo este camino para ser feliz?
—Ándale pues, ‘Don Vergas’. Haz lo que quieras, —me crucé de brazos, le torcí los ojos— como siempre…
—Me decepciona tu poco aprendizaje a lo largo de tu vida sobre mí y mis movimientos cósmicos.
—Actuar como niño jugando con sus legos se me hace una mamada cósmica; eso de ‘Los tiempos de Dios son perfectos’ hasta a ti te da pena escucharlo en sus supuestas oraciones…
—El rebaño solo debe permanecer fiel a su pastor —una tormenta detrás de Dios se dirigía directamente hacia mí—, el lobo jamás podrá entonces corromperlos.
—Viejo… oh gran viejo —le di unas palmadas en la espalda mientras me bebía una galaxia, con el codo para arriba, tal como una caguama—, en la tierra hay personas que piensan que los curitas para heridas son parte del ‘privilegio blanco’ por el tono del material, luego se reúsan a dárselas a niños de color porque piensan que están siendo racistas…
—¡Ay, ay… no mames! —la tormenta se detuvo a unos cuantos milímetros de mi ser— Puro pedo tuyo.
—Observa bien a tus hijos —lo dejé un momento para que divisara más de la cantina donde estábamos.
—Parecen normales, quizá ya no voltean mucho hacia su pasado…
—‘Mukbang’ —le dije con un gesto de desgaste, Dios de inmediato sacó su teléfono celestial, buscó en Godgle y luego se estremeció. Bloqueó de sus contactos al Papa y borró sin titubear la aplicación del mundo de las ideas.
—¡A la mierda, bórralo… haz algo! ¡Ese maldito animal aún se mueve! —cayó al suelo, perplejo y desahuciado.
Después de un par de palabras con Dios, los dos aceptamos nuestro camino. Nos abrazamos, luego nos vimos; incompletos como ordenados, yo blanco, el negro, empujar y jalar, dos peces Koi susurrándose.
—Me atrevo a afirmar que ya has aprendido la lección de esta vida. —Me dijo Dios— La idea absoluta, lo que fue tu camino animal y celestial.
—Claro que sí: Lo mundano está allí, latiendo, pero nuestra existencia también exige dejar que nuestro espíritu nos abrace y nos quite la vida. Lo tengo.
—No, careverga. —Replicó Dios, su voz era calmada— Recuerda siempre vaciar tus recipientes con comida cada semana.
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