Este es un proyecto que tengo ahora. Más o menos, la cuestión es esta:
Sinopsis: Dayana es una chica de 23 años, hija de un excomandante héroe de guerra. Ella tiene una vida totalmente alejada de las aventuras hasta que llegan a su pueblo unos exsolados del ejército de su padre. Este hecho traerá una serie de problemas que acabarán involucrando a Dayana sin que ella lo desee, provocando el clásico "viaje del héroe".
PARTE I
CAPÍTULO 1
Los primeros rayos de sol bañaron el rostro de Dayana, por lo que comenzó a despertarse. Una vez abría los ojos, le costaba mucho conciliar el sueño de nuevo, pese a que solía leer hasta entrada la noche. Ya abiertos los ojos, se desperezó emitiendo un sonoro bostezo. Al levantarse, lo primero que hizo fue mirar por la ventana. Le gustaba contemplar Suscro, su pueblo, desde arriba, tan lleno de hierba, con aquellos majestuosos pinos, acompañados de alguna encina aún más grande, con aquel gran lago cristalino en el centro, y con poco bullicio cuando era tan temprano. Pero no podía quedarse mucho rato mirando, ya que enseguida tenía que ir a trabajar. No solía vestirse como las otras mujeres, sino que prefería usar pantalones y chaleco, que le resultaba una indumentaria más cómoda. Usando el reflejo del cristal de su ventana, se peinó y se hizo una coleta, ya que solía ir corriendo a todas partes y la melena suelta le resultaba molesta. Al salir de su habitación y bajar al salón, vio que sus padres estaban ya levantados, sentados en la mesa.
—Buenos días, Dayana —le dijo su madre—. Te hemos preparado el desayuno.
—¡Otra vez! No hacía falta. Tenéis que descansar más.
—Algo tenemos que hacer, tú nos mantienes al fin y al cabo.
Dayana torció el gesto y comenzó a beber el té que le había preparado su madre. Sus padres habían tenido una sola hija, y fue cuando ambos rondaban los cincuenta. Ahora ella tenía veintitres años, varios de ellos dedicados a trabajar para sacar adelante a dos ancianos que tenían los problemas propios de la tercera edad.
—¿Qué tal en la taberna, hija? —Preguntó su padre.
—Como siempre.
—¡Entonces bien! Mucho mejor trabajo que cuando limpiabas casas.
—¡Eso desde luego! Bueno, voy a apresurarme, no sea que se me haga tarde.
Dicho esto, Dayana devoró unas tostadas que le habían dejado y sorbió el té con una rapidez asombrosa, pese a lo caliente que estaba. Se despidió de sus padres con dos besos a cada uno y fue corriendo al trabajo. Una vez escuchado el portazo, pudieron hablar con más confianza.
—Esta chica… no se casará, no —comentó su madre suspirando, visiblemente apenada—.
—Eso no es importante, Mina —afirmó él con un tono de voz despreocupado—. Dayana es sana, culta, trabajadora… no nos podemos quejar.
—Mark, la mayoría de chicas del pueblo se casaron antes de los veinte. Se dedican a los niños, las mantiene su marido… y si trabajan fuera de casa, no se matan del modo en que lo hace nuestra hija.
—Dayana no es como las demás chicas. No le gustan los niños y es solitaria. Creo que va a ser más feliz viviendo como vive. Y mejor así —afirmó tajante—, le costaría casarse con lo fea que es.
—¡Mark! —gritó ella molesta.
—Yo digo la verdad. Estoy orgulloso de mi hija, y así como digo que es sana, culta y trabajadora, digo que es fea. ¡Y lo prefiero a que sea vaga, inculta y guapa!
Mientras sus padres conversaban sobre estos temas, Dayana corría hacia su trabajo, cuando oyó una voz que la llamaba.
—¡Hey, Cocodrilo!
Ella se giró, pues así la apodaban en el pueblo debido a su horrible dentadura. Prefería que la llamaran por su nombre, pero se había acostumbrado a ese mote desde pequeña y era algo tan arraigado que algunos se dirigían así a ella incluso cuando no tenían intención de molestarla. El que ahora se lo decía era Jairo, un chico de su edad que se esforzaba por resultar simpático, aunque resultaba demasiado espontáneo y falto de tacto.
—Al trabajo, ¿eh? —le preguntó sonriendo mientras bajaba los ojos para poder mirarla a la cara.
—Claro.
—Te acompaño y así me tomo una pinta antes de irme yo a arar.
—Vale. ¡Vamos, he de ser puntual! —dijo justo antes de echar a correr.
—¡Espera! ¡No vayas tan deprisa!
Al cabo de unos minutos llegaron a la taberna, llegando Jairo fatigado por intentar seguir el ritmo de la muchacha.
—¡Qué rápida eres! ¡Me ha costado seguirte! —comentó dándole a Dayana una palmada demasiado fuerte en la espalda.
—¡Au! —Se quejó Dayana, que perdió el equilibrio unos segundos—. ¡No me des tan fuerte!
—¡Lo siento! De verdad, yo no...
—Déjalo, anda. —zanjó el asunto, intentando ignorar el picor que sentía en la piel donde se estampó aquella manaza—. Pero ten cuidado la próxima vez.
Instantes después, Dayana abrió la taberna con llave, puesto que aún no había llegado nadie. Tras ocupar su puesto sirvió una jarra a Jairo, que dio un largo sorbo.
—Tienes suerte de trabajar aquí, mientras yo me mato en el campo.
Y dicho esto, eructó. Dayana le había reñido más de una vez por hacerlo con la boca abierta, pero esta vez había tenido la gentileza de cerrarla. Ese detalle la animó, haciendo que por fin sonriera.
—Bueno, también tengo la suerte de que esta sea tu taberna favorita —dijo ella intentando ser simpática. Le costaba tratar con alguien tan bruto como Jairo, pero también tenía en cuenta que él hacía lo que podía para dejar de serlo.
—¡Hola, buenos días!
Quien acababa de entrar era Esther, la otra camarera de la taberna. Era una de las chicas más bellas del pueblo, y solía llevar vestidos ceñidos y escotados, que hacían que los hombres fijaran la vista en ella, como estaba haciendo ahora Jairo.
—¡Esther! ¿Cómo estás? —La saludó él.
—¡Muy bien! —Contestó ella con una amplia sonrisa. La presencia de Jairo no parecía incomodarle, lo que sorprendía a Dayana—. Veo que eres el primer cliente de la mañana.
—Sí, pero me tomo esta y me voy —dijo antes de apurar su jarra—. ¡Adios, chicas! ¡A la noche vuelvo!
Dayana se sintió aliviada de perder de vista a ese hombre por unas horas. Aprovechó el momento para saludar a su compañera.
—¡Hola!
—¿Que tal lo llevas, Dayana?
—Tirando —dijo con una leve sonrisa—. Como siempre, Tom vendrá dentro de un rato. ¡Qué bien vive con eso de que es el jefe y se fía de nosotras!
Al decir eso, las dos rieron, y justo en ese momento, entró Steve, otro chico del pueblo. Dayana se alegró mucho al verlo entrar.
—¡Hola, Dayanita! ¡Ponme una jarra!
Dayanita. Le solía llamar así, y a ella le encantaba.
—¡Enseguida! ¿Qué tal estás? —preguntó mientras le servía—. ¡Hacía días que no venías!.
—No siempre tiene uno tiempo para hacer lo que le apetece. Pero lo que importa es que estoy aquí. ¡Y todavía no te he ganado a los dardos!
—¡Ya estamos! —exclamó ella con una carcajada, tras lo cual, abrió un cajón, y sacó diez dardos. Se quedó cinco, y le dió la otra mitad a Steve—. ¡Comencemos!
Y en cuanto Dayana tiró el primer dardo, acertó en pleno centro.
Sinopsis: Dayana es una chica de 23 años, hija de un excomandante héroe de guerra. Ella tiene una vida totalmente alejada de las aventuras hasta que llegan a su pueblo unos exsolados del ejército de su padre. Este hecho traerá una serie de problemas que acabarán involucrando a Dayana sin que ella lo desee, provocando el clásico "viaje del héroe".
PARTE I
CAPÍTULO 1
Los primeros rayos de sol bañaron el rostro de Dayana, por lo que comenzó a despertarse. Una vez abría los ojos, le costaba mucho conciliar el sueño de nuevo, pese a que solía leer hasta entrada la noche. Ya abiertos los ojos, se desperezó emitiendo un sonoro bostezo. Al levantarse, lo primero que hizo fue mirar por la ventana. Le gustaba contemplar Suscro, su pueblo, desde arriba, tan lleno de hierba, con aquellos majestuosos pinos, acompañados de alguna encina aún más grande, con aquel gran lago cristalino en el centro, y con poco bullicio cuando era tan temprano. Pero no podía quedarse mucho rato mirando, ya que enseguida tenía que ir a trabajar. No solía vestirse como las otras mujeres, sino que prefería usar pantalones y chaleco, que le resultaba una indumentaria más cómoda. Usando el reflejo del cristal de su ventana, se peinó y se hizo una coleta, ya que solía ir corriendo a todas partes y la melena suelta le resultaba molesta. Al salir de su habitación y bajar al salón, vio que sus padres estaban ya levantados, sentados en la mesa.
—Buenos días, Dayana —le dijo su madre—. Te hemos preparado el desayuno.
—¡Otra vez! No hacía falta. Tenéis que descansar más.
—Algo tenemos que hacer, tú nos mantienes al fin y al cabo.
Dayana torció el gesto y comenzó a beber el té que le había preparado su madre. Sus padres habían tenido una sola hija, y fue cuando ambos rondaban los cincuenta. Ahora ella tenía veintitres años, varios de ellos dedicados a trabajar para sacar adelante a dos ancianos que tenían los problemas propios de la tercera edad.
—¿Qué tal en la taberna, hija? —Preguntó su padre.
—Como siempre.
—¡Entonces bien! Mucho mejor trabajo que cuando limpiabas casas.
—¡Eso desde luego! Bueno, voy a apresurarme, no sea que se me haga tarde.
Dicho esto, Dayana devoró unas tostadas que le habían dejado y sorbió el té con una rapidez asombrosa, pese a lo caliente que estaba. Se despidió de sus padres con dos besos a cada uno y fue corriendo al trabajo. Una vez escuchado el portazo, pudieron hablar con más confianza.
—Esta chica… no se casará, no —comentó su madre suspirando, visiblemente apenada—.
—Eso no es importante, Mina —afirmó él con un tono de voz despreocupado—. Dayana es sana, culta, trabajadora… no nos podemos quejar.
—Mark, la mayoría de chicas del pueblo se casaron antes de los veinte. Se dedican a los niños, las mantiene su marido… y si trabajan fuera de casa, no se matan del modo en que lo hace nuestra hija.
—Dayana no es como las demás chicas. No le gustan los niños y es solitaria. Creo que va a ser más feliz viviendo como vive. Y mejor así —afirmó tajante—, le costaría casarse con lo fea que es.
—¡Mark! —gritó ella molesta.
—Yo digo la verdad. Estoy orgulloso de mi hija, y así como digo que es sana, culta y trabajadora, digo que es fea. ¡Y lo prefiero a que sea vaga, inculta y guapa!
Mientras sus padres conversaban sobre estos temas, Dayana corría hacia su trabajo, cuando oyó una voz que la llamaba.
—¡Hey, Cocodrilo!
Ella se giró, pues así la apodaban en el pueblo debido a su horrible dentadura. Prefería que la llamaran por su nombre, pero se había acostumbrado a ese mote desde pequeña y era algo tan arraigado que algunos se dirigían así a ella incluso cuando no tenían intención de molestarla. El que ahora se lo decía era Jairo, un chico de su edad que se esforzaba por resultar simpático, aunque resultaba demasiado espontáneo y falto de tacto.
—Al trabajo, ¿eh? —le preguntó sonriendo mientras bajaba los ojos para poder mirarla a la cara.
—Claro.
—Te acompaño y así me tomo una pinta antes de irme yo a arar.
—Vale. ¡Vamos, he de ser puntual! —dijo justo antes de echar a correr.
—¡Espera! ¡No vayas tan deprisa!
Al cabo de unos minutos llegaron a la taberna, llegando Jairo fatigado por intentar seguir el ritmo de la muchacha.
—¡Qué rápida eres! ¡Me ha costado seguirte! —comentó dándole a Dayana una palmada demasiado fuerte en la espalda.
—¡Au! —Se quejó Dayana, que perdió el equilibrio unos segundos—. ¡No me des tan fuerte!
—¡Lo siento! De verdad, yo no...
—Déjalo, anda. —zanjó el asunto, intentando ignorar el picor que sentía en la piel donde se estampó aquella manaza—. Pero ten cuidado la próxima vez.
Instantes después, Dayana abrió la taberna con llave, puesto que aún no había llegado nadie. Tras ocupar su puesto sirvió una jarra a Jairo, que dio un largo sorbo.
—Tienes suerte de trabajar aquí, mientras yo me mato en el campo.
Y dicho esto, eructó. Dayana le había reñido más de una vez por hacerlo con la boca abierta, pero esta vez había tenido la gentileza de cerrarla. Ese detalle la animó, haciendo que por fin sonriera.
—Bueno, también tengo la suerte de que esta sea tu taberna favorita —dijo ella intentando ser simpática. Le costaba tratar con alguien tan bruto como Jairo, pero también tenía en cuenta que él hacía lo que podía para dejar de serlo.
—¡Hola, buenos días!
Quien acababa de entrar era Esther, la otra camarera de la taberna. Era una de las chicas más bellas del pueblo, y solía llevar vestidos ceñidos y escotados, que hacían que los hombres fijaran la vista en ella, como estaba haciendo ahora Jairo.
—¡Esther! ¿Cómo estás? —La saludó él.
—¡Muy bien! —Contestó ella con una amplia sonrisa. La presencia de Jairo no parecía incomodarle, lo que sorprendía a Dayana—. Veo que eres el primer cliente de la mañana.
—Sí, pero me tomo esta y me voy —dijo antes de apurar su jarra—. ¡Adios, chicas! ¡A la noche vuelvo!
Dayana se sintió aliviada de perder de vista a ese hombre por unas horas. Aprovechó el momento para saludar a su compañera.
—¡Hola!
—¿Que tal lo llevas, Dayana?
—Tirando —dijo con una leve sonrisa—. Como siempre, Tom vendrá dentro de un rato. ¡Qué bien vive con eso de que es el jefe y se fía de nosotras!
Al decir eso, las dos rieron, y justo en ese momento, entró Steve, otro chico del pueblo. Dayana se alegró mucho al verlo entrar.
—¡Hola, Dayanita! ¡Ponme una jarra!
Dayanita. Le solía llamar así, y a ella le encantaba.
—¡Enseguida! ¿Qué tal estás? —preguntó mientras le servía—. ¡Hacía días que no venías!.
—No siempre tiene uno tiempo para hacer lo que le apetece. Pero lo que importa es que estoy aquí. ¡Y todavía no te he ganado a los dardos!
—¡Ya estamos! —exclamó ella con una carcajada, tras lo cual, abrió un cajón, y sacó diez dardos. Se quedó cinco, y le dió la otra mitad a Steve—. ¡Comencemos!
Y en cuanto Dayana tiró el primer dardo, acertó en pleno centro.