Carlos Reséndiz
Miembro
PRIMER CONSEJO.- Escribe hasta que acabes.
Esto que parece muy obvio, hasta ocioso decirlo, para muchos escritores no lo es.
Escriben su libro y no saben cuando hay qué parar.
Realizan toda la historia y llegan al clímax, y cuando el desenlace tiene todos los ingredientes necesarios para cerrar espectacularmente, comienzan a añadirle cosas que son superfluas.
Les sucede como a esas telenovelas que comienzan a alargarlas innecesariamente, echándolas a perder, o como aquellas películas con sus secuelas inútiles.
Si al final de tu novela ya se supo que las esmeraldas estaban escondidas en un forro secreto del abrigo de mink de la señora Williams, que el mayordomo las escondió ahí, y él fue quien mató al embajador, no tiene caso alargar la historia con especulaciones.
No tiene caso hacer una descripción larga y tediosa diciendo que el rencor llenaba el alma del mayordomo en contra del embajador y que esperaba que su hijo matara a los que lo habían descubierto. Esto ya es irrelevante.
Dejemos un buen sabor de boca a los lectores con el hecho de que el crimen se resolvió y que las esmeraldas fueron devueltas a su dueño. El caso se cerró en su justo momento. Fin.
Esto que parece muy obvio, hasta ocioso decirlo, para muchos escritores no lo es.
Escriben su libro y no saben cuando hay qué parar.
Realizan toda la historia y llegan al clímax, y cuando el desenlace tiene todos los ingredientes necesarios para cerrar espectacularmente, comienzan a añadirle cosas que son superfluas.
Les sucede como a esas telenovelas que comienzan a alargarlas innecesariamente, echándolas a perder, o como aquellas películas con sus secuelas inútiles.
Si al final de tu novela ya se supo que las esmeraldas estaban escondidas en un forro secreto del abrigo de mink de la señora Williams, que el mayordomo las escondió ahí, y él fue quien mató al embajador, no tiene caso alargar la historia con especulaciones.
No tiene caso hacer una descripción larga y tediosa diciendo que el rencor llenaba el alma del mayordomo en contra del embajador y que esperaba que su hijo matara a los que lo habían descubierto. Esto ya es irrelevante.
Dejemos un buen sabor de boca a los lectores con el hecho de que el crimen se resolvió y que las esmeraldas fueron devueltas a su dueño. El caso se cerró en su justo momento. Fin.