Viva Juárez (Contenido explícito)

Paleta de carne

Escribano
Parece como si hubiera sido ayer cuando paseaba por las sucias calles del centro en busca de una mujer. A una de ellas la busqué varios días antes sin resultado, con un par de cervezas encima. Paraba solo para encender mis cigarrillos y ver los alrededores, buscaba entre callejones y moteles unos ojos cansados; los años se le notaban en la piel, era inconfundible.

Aceleraba el paso a medida que mi desesperación aumentaba entre tantos rostros que eludían mis ojos, entonces la tuve de frente por fin, mi corazón latió como nunca cuando esa abuela de un pobre diablo me miró con una lujuria indescriptible y me dijo: “¿Te ayudo en algo, guapo?”, no recuerdo ni siquiera qué le dije, ella tomó mi mano y desaparecimos en la oscuridad. Por fin pude cogerme a esa anciana que llegué a desear tanto en silencio; me convertí entonces en un malnacido, un ‘coge-viejitas’. Me tomó varias parrandas superar todo lo ocurrido esa noche, el poder sacar los pensamientos tan depravados que tuve en la mente, todo eso que nació en la demencia solitaria, en la decadencia perpetua. Parece como si fuera hoy el día siguiente de aquel encuentro, casi vomito del asco mientras trapeo el suelo de mi casa, al encontrar que el aroma del limpiador multiusos es el mismo que el de aquella arrugada piel.

Y el tiempo vuela, pero muchas veces la sensación de estar en todos esos prostíbulos se queda, se astilla en el cerebro, lo ensucia. Los cigarrillos no alcanzan a consumir toda esa lujuria, un extraño sentimiento de pertenencia al comprar los servicios de una mujer confundida y con pocas señales de placer. Una escasa mujer de entre cinco sudaba y se mojaba a medida que mi miembro palpitante y furioso quería partir a ellas en dos, como aquella lolita de menos de metro y medio que me pedía más y más cuando la puse en mi posición favorita, el doble de su peso encima de ella; un monstruo tirando de su cabello hasta casi arrancarlo, abofeteándola hasta conseguir su cara tan roja que no era posible ver ya su horrendo maquillaje. Pedí la hora completa después de escuchar “¡Pero qué filoso estás, clávala así bien rico!” con una voz tan cortada y forzada a causa de la asfixia que le causaba mi mano de asesino serial. No quise irme nunca de ahí; incluso hoy, en la cabeza sigo llamándole ‘putita’ y escupiéndole en la boca.

Claro está que, no todos pueden ser recuerdos medianamente placenteros, porque sí no lo es ni siquiera en la vida normal de la mayoría, menos lo tiene que ser mi camino entre los desdichados y olores desagradables, siempre en busca de carne a la venta; no lo fue cuando esa maldita gorda me quiso cobrar cien dólares cuando me vine dentro de ella, al proponer ella misma hacerlo al saber que no podría venirme a causa de toda la cocaína y alcohol que corría por mis venas; no lo fue cuando casi me acribillan un grupo de sicarios en pleno acto al confundirse de habitación, porque ni si quiera pude terminar; y no, no lo fue cuando pude palpar un miembro fálico dentro de la trusa de mi acompañante que parecía una diosa azteca con bellas tetas de plástico. No lo fue, aunque después de eso seguí bombeando mi ‘trozo’ en su recto, como si no me sintiera desilusionado.

Las noches frías son así, los disparatados pensamientos que tanto oculta la gente con terapia los jueves por la tarde resultan de una manera peculiar; ‘cruda’, si me permiten corregir. Es un disparo en la oscuridad, lo recibes o accionas el gatillo. Es ‘suerte o muerte’, si una bella stripper quiere vivir contigo para cuidar juntos a su hija de dos años. Puede ser alguna de ellas un ángel cuando te devuelve el dinero, consolada por tus palabras luego de humillarla por 7 minutos y medio; a veces te consideran uno cuando sienten que tuviste algo que ver en su epifanía, causada por todas las anfetaminas que tomaron, luego quieren regalarte un dije barato de algún santo y esperar a que el cielo les tenga clemencia después de abandonar a sus hijos en un orfanato. Pero los demonios no son ellas, ¡ay, mis pobres negritas!, santo también su cuerpo si no te conducen a la clamidia o el molusco contagioso. Demonios nosotros, que las acusamos de ser o no ser. Demonio es el que tenemos… el que YO tengo en la punta de mi verga, todo eso que se le ocurre hacer en horas desquiciadas. Me gustaría pedir redención, un poco de clemencia a todas aquellas putas con las que el condón se rompió y no se volvieron a ver más en el oficio; un ‘lo siento’ sincero, sin retribución alguna, a todas mis amantes que conocí en algún bar y nunca les hablé de donde estuve yo y mi demonio sexual.

Créanme, soy solo un pobre ángel con un traje de látex negro que no deja salir mis alas, perdido entre una caliente y húmeda niebla.

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Buenas, mi primer texto que les quiero compartir. Se agradecen comentarios y consejos.
¡Un saludo!

<Tres
 
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